EDITORIAL
La vorágine que impone diciembre, con las habituales turbulencias y convulsiones que agitan las celebraciones navideñas, los encuentros, las despedidas y la parafernalia habitual que se desencadena, suelen obrar como condicionantes para diluir algunas cuestiones inherentes a ese imprescindible balance que debería ser un ejercicio natural por estos días. Enfrascados en asuntos protocolares que concentran nuestra atención y apremiados por múltiples urgencias, solemos elegir el sendero tangencial de la postergación, aunque el marco festivo que nos rodea nos impulsa a bocetar promesas, compromisos y desafíos que emergen entre los brindis, los abrazos fraternales y la larga cadena de buenos deseos que se propaga y se reitera una y otra vez. Todos, al fin de cuentas, somos portadores de una energía diferente. Nos hermana una saludable vocación para distribuir buenos augurios y señales de esperanza. Una alianza tácita nos reconforta y estimula en el momento de alzar la copa para rogar por un año pródigo en buenas noticias. Emerge, entonces, la voluntad de acompañar los sueños, anhelos y deseos postergados de quienes nos rodean. Y confiamos en que será posible silenciar agravios, deponer odios, aplacar rencores y buscar caminos propicios para la reconciliación. La indulgencia y la solidaridad deberían ser nuestras premisas sofocando cualquier atisbo beligerante. Y también, tal vez por sobre todas las cosas, deberíamos consolidar la meta de buscarnos un espacio sencillo, amable y promisorio para acercarnos a quienes están solos, a los que sufren, a los que transitan por dolores o afecciones que les impiden sumarse a esa euforia que nos invade.
Hace algunos meses llegó a nuestras manos un relato muy emotivo. La mamá que lo envió nos contó la experiencia vivida con su pequeño hijo y nos vamos a permitir compartirlo como corolario de esta última editorial del año. Creemos, por encima de toda diferencia, que nuestra misión en la vida debería circunscribirse a la sabia decisión de ocupar un lugar –más allá de la importancia que pudiera tener– en el que podamos sentirnos felices. Sospechamos que si cada uno se formulara la misma propuesta, lograríamos consolidar un país mejor.
Matías estaba intentando conseguir un papel en la obra teatral que se montaba en la escuela hacia fines del ciclo lectivo. Su mamá estaba convencida de que el niño había puesto el corazón en esa actividad, pero temía que finalmente no fuera elegido para formar parte del elenco. El día que las partes de la obra fueron repartidas, la mamá estaba en la escuela. Matías salió corriendo, con los ojos brillantes, y con orgullo y emoción fue a contarle lo que había sucedido. “Adivina qué, mamá”, gritó el muchacho y luego dijo las palabras que permanecerían en su memoria como una lección que ella jamás olvidaría: “He sido elegido para aplaudir y animar”.
Ojalá que en 2011, a la hora del reparto, nos llegue el turno de ocupar roles protagónicos. Pero que también se nos ilumine el alma de felicidad cuando nos inviten simplemente a animar y aplaudir. La tarea, entonces, estará cumplida.
Que la bondad, sabiduría y voluntad de Dios los acompañe en cada secuencia del nuevo año. Llegue a cada uno de ustedes, como siempre, nuestra gratitud y nuestro infinito afecto.
Hasta marzo de 2011.
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